Hurgó el bolso.
Tropezó con la arenilla,
las envolturas de chicles,
los restos de papitas.
Hasta que encontró los lentes
y por allí mismo sacó las golosinas.

Frente a él,
con sus ojos bien puestos
vio que no era más que
un humano crudo,
un descorazonado con pulso,
un verano sin sol,
una religión sin Dios y sin vino.

“Toma estos caramelos”, le dijo.
Él no cambiaría
y ella no renunciaría ni a la libertad
ni al tinto.
Batió sus manos en despedida
evitando batir sus alas, porque
de hacerlo, lo mataría.

A distancia segura voló,
libre, valiente, herida.

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Así es mi propia cartera, igual la de mi madre y también las de dos o tres conocidas. Eso me gusta. Dejo pasar el tiempo para esperar con ansias el día que mi bolso no pueda más. Ese día en que decides organizarla es un momento sagrado en el que despejas un espacio amplio en una zona cómoda y te colocas el collar de -no molestar-. Con curiosa pasión extraes cada tesoro, cada cosa única que amas y dabas por perdida, eso que habías olvidado que existía y cada migaja te recuerda un momento de vida que no volverá. Atesora cada momento.

El asunto es que tenemos que aprender a leer las señales de peligro en todo tipo de relaciones, sean de pareja, de amistad, o de familia. A veces, quizá demasiadas veces, los novios, las esposas, los hermanos, las tías, las “mejores” amigas, los abuelos o las primas tienen una forma sutil de atarnos las alas, de opacar nuestro brillo. ¡Eso tiene que parar! Si es posible una despedida pacífica, propongo un adiós dulce y por eso sugerí los caramelos. Tristemente en la mayoría de estas historias de lentes perdidos y jaulas de “amor” (un amor distorsionado no es amor al final, es distorsión), la libertad se logra con determinación, dolor y lágrimas.

Eso sí, la valentía paga bien y la libertad vale la pena y/o el esfuerzo. Recuerda, todo pasa.

La felicidad depende de cada quien… ¡manos a la obra! 🙂

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