ojos de dólar

Cada martes comía papitas y pollo frito de McDonald´s. Mi hermano me decía: “hoy te traigo porque hoy cambian el aceite así que no es tan malo, Abi”. Luego trabajó como diseñador gráfico en la Arrocha y un día me comentó: “mi amigo Guna que limpia las ventanas y eso, tuvo que doblar turno porque el relevo no llegó… antes de irme pude comprarle cena porque sé que no tenía para doble ración”. Pocas personas responden a la necesidad ajena como Isaías lo hacía.

Conjuntivitis Alérgica Crónica… así se llama la condición que padezco en los ojos desde hace un año y pico. La alergia me provocaba tanta picazón que las rascadas que me propinaba me taparon los lagrimales y ahora, desde hace un año y medio, los ojos me lloran sin control. No puedo maquillarme a gusto y ponerme rimmel menos, porque si una brusca me cae dentro del ojo, el problema se agrava. Utilizo 2 medicamentos, más 2 inhaladores, más 2 envases de gotas. El tratamiento para dos meses tuvo un costo de casi $500 dólares, más $300 por la consulta de un alergólogo y un oftalmólogo. No me sobra la plata para costear estos excesivos gastos médicos, pero afortunadamente gracias a dejar de pagar lujos como ropa, zapatos, salón de belleza y comida de la calle, puedo invertir en mi salud.

Fui a ver al oftalmólogo a los Consultorios Paitilla. El doctor me vio durante aproximadamente 2 minutos y me dijo que por el momento no me podía ayudar ya que necesitaba de otro especialista en radiología para evaluarme. Salgo a pagar los $80 dólares y, ¿adivine? Busqué desesperadamente en mi cartera y mi wallet no estaba. Todos en la sala de espera tenían apariencia de rabi blancos (frase utilizada en Panamá para describir a personas que aparentemente tienen dinero, y que generalmente son de raza caucásica -piel blanca, ojos claros y/o cabello rubio-). Yo no soy exactamente lo opuesto a esa descripción, pero mis raíces negras son evidentes. Al darme cuenta de que no podría pagar le dije a la secretaria: ”Joven disculpe, se me quedó el wallet y no podré pagarle ahorita, pero puedo dejarle mi cartera mientras voy a casa y regreso.” La señora me chupó (sonido que se hace con la boca para denotar descontento, sonido por el cual mi madre me cacheteaba ya que se considera falta de respeto), ignoró mi sugerencia y me dice: “espere un momento”, sin voltearme a ver.

Luego de eso, sale una señora de las tantas habitaciones en el consultorio y casi gritando me dice, extendiéndome un papelito: “tome esta cuenta de banco y deposite aquí.” “Lárgese”, me dijo con la mirada.“En serio?”, le contesté con la mía. Salí de allí sintiéndome profundamente mal por no poder pagarles, por ser exhibida como quien está jugando vivo y no tiene intenciones de cumplir. Fui a casa, tomé mi wallet, regresé y pagué. A pesar de eso el trato hacia mí no cambió. Las dos personas que me atendieron, la secretaria y la que salió a exhibirme, son lo que en Panamá se conoce como cholas, término que definiría como una especie de raza indígena mestiza. Éstas dos señoras con seguridad han sido tratadas con desprecio por su apariencia y muy posiblemente están ganando salario mínimo; al igual que yo, pagar un doctor de ese calibre lo lograrían con bastante sacrificio.

Hay varias conclusiones que puedo sacar de eso que me pasó en Panamá. La primera que me vino a la mente es que la culpa es nuestra. La culpa es de nosotr@s l@s pobres porque le damos más valor a quien aparenta tener dinero y es a ese tipo de personas a las que tratamos como seres humanos, con respeto, con dignidad, con sonrisas. Es a la gente rica (o que aparenta serlo) a la que le damos oportunidades y a quienes intentamos hacer sentir bien. De la misma forma me ha tocado recibir tratos mediocres de cajer@s o vendedor@s, porque no me miran a mí sino que calculan la propina que les puedo dejar de acuerdo a mi apariencia. Así he sido tratada por meser@s y por el servicio a pasajeros en los aeropuertos porque mi look a veces no alcanza como para salvarme de sus prejuicios, malos humores, frustraciones y días malos.

Mi hermano y yo aprendimos que la persona tiene más valor que lo demás, a siempre intercambiar de mentirita el lugar de la otra persona y tratar de imaginar qué se siente. Nos educaron para creer que tod@s somos iguales. Pero la realidad de la mayoría de los hogares es otra. Por eso, quienes han tenido acceso a la educación tenemos la obligación de hacer más. A pesar de todo lo anterior, olvido lo aprendido con frecuencia y continuamente me envuelve el patrón social de clases. Repetimos el comportamiento que hemos sufrido de otr@s ¡Que vergüenza!

En fin, la guerra de clases existe. Si usted que lucha por sus dólares no trata bien a sus iguales, quienes tienen dinero menos. El buen trato se contagia y lo cambia todo. No es suficiente decir: “trate como le gustaría que le traten de vuelta” una vez, sino que hay que recordarlo de 2 a 3 veces por día. Si usted es secretaria trate bien al paciente, porque segurito usted o su mamá necesitarán de un doctor. Si es vendedor, mesero, enfermera, cajera o brinda atención al pasajero en alguna línea aérea, que la distinción entre Clase Ejecutiva y Económica sea meramente empresarial y no personal. Y a cualquiera se le queda la cartera, no? Pase la voz.

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