lo que siembras cosechas

Me robó el celular alguien que conozco. Saliendo del edificio donde viví mis últimos días de soltera, me tropecé con un Ipod nuevo de paquete (como usted lo deseaba, puede ser suyo aquí en su programa Sábado Gigante, ¡IN-TER-NA-CIO-NAL!, un minuto de silencio). Lo guardé en mi cartera y disfruté de una noche de cine con mi novio.

Al regresar a casa revisé la fotos para conocer a la persona dueña del aparato y resulta que era una adolescente que pocas veces me topé en el elevador. Encontré el número de su casa en el Ipod y la llamé al día siguiente:

-“¿Sabes que Dios te ama mucho no?” Le dije en forma de pregunta.

-“Sí, ¿porqué? ¿quién habla?” contestó.

-“¿Se te perdió algo?” Pregunté.

-“Ay sí! Mi Ipod que me regalaron en navidad!”, dijo entre risas ahogadas incrédulas y voz llena de emoción.

-“Bueno puedes venir a buscarlo, aquí lo tengo”.

Le di el número del apartamento y creí ver a la versión femenina del gato de Shrek, una jovencita aparentemente recién levantada de la siesta después del colegio. La entrega fue inmediata y recibí unas de las “gracias” más bonitas de toda mi vida. Me sentí muy contenta por ella, por ser parte de su milagro.

Al día siguiente, al regresar del trabajo me recibió en la puerta una cerámica con flores y una nota de agradecimiento de aquella muchacha. Aunque parezca tonto, me sentí en una película, muy honrada.

Hoy es martes. El viernes llegué a casa y no pude encontrar mi celular. No le di mucha importancia porque pensé que lo había dejado en la oficina y fácilmente el sábado lo recuperaría. Entrada la noche fuimos a la oficina y el celular no apareció. Luego de la intensa búsqueda infructuosa, decidimos realizar una mejor búsqueda luego en casa y mientras me puse a revisar el correo electrónico. El primer correo tenía como título: ENCONTRE TU CELULAR EN LA CALLE. Sí, con gritona mayúscula cerrada. Me indicó que hasta hoy martes lo podía dejar con el conserje de su edificio y yo solo tendría que pasar a retirarlo indicando mi nombre. Así fue. Ya tengo el celular.

Sin celular dormí más, conviví más, presté más atención, me concentré más, me relajé más, me ejercité por fin. Estos 4 días de vida he vivido más. Como dice Alex Soojung-Kim Pang en su libro Enamorados de la Distracción, nuestro medio ambiente está invadido de distracciones digitales que dificultan la concentración. El tener este artefacto invasivo lejos de mí me permitió enfocarme en cosas realmente importantes que había dejado a un lado. Pero ese no fue el aprendizaje principal.

No se hagan ilusiones: de Dios no se burla nadie. Lo que cada un@ haya sembrado, eso cosechará. Quien siembre para satisfacer sus apetitos desordenados, de ellos cosechará frutos de muerte; mas quien siembre para agradar al Espíritu, el Espíritu le dará una cosecha de vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien ya que, si no desfallecemos, a su tiempo recogeremos la cosecha.

Gálatas 6:7-9

La vida me robó el celular para que yo recordara lo que es vivir. Así es la vida.

Perdí mi celular para que alguien lo encontrara y me recordara que hay gente buena todavía.

Pero lo más importante es que lo que sembré aquel día con el Ipod lo coseché hoy con mi celular y por eso no me cansaré de hacer el bien.

Ponle límite a las distracciones digitales, dedica tiempo a lo que sabes debes finalizar pronto, retoma lo que abandonaste y sácalo adelante.

Lo que hayas sembrado eso cosecharás. Siembra bondades, milagros.

No te canses de hacer el bien JAMAS.

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